Brasil es, sin duda, uno de esos países a los que merece la pena ir varias veces en la vida. No solo por su extensión -­es el quinto país más grande del mundo-­ sino porque su gastronomía, sus paisajes y costumbres son tan diversos y tan interesantes que una sola vez, indudablemente, te sabrá a poco.

Decidí empezar por las Cataratas de Iguazú, ya que llevaban en mi lista de viajes pendientes mucho tiempo. No tenía muchos días libres y el viaje es largo, pero mereció cada una de las horas de vuelo.

Las Cataratas de Iguazú son Patrimonio Natural de la Humanidad de la Unesco y una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo Moderno. Admirar sus doscientas setenta y cinco caídas en un enclave único de selva subtropical, entre Brasil y Argentina, son una experiencia que ningún amante de los viajes y la naturaleza debería perderse.

Aterricé en Foz do Iguaçu desde São Paulo a mediados de mayo. Lo hice con mucha ilusión, pero con pocas expectativas. Siempre he pensado que es mejor estar sorprendido que decepcionado y, como he tenido la gran suerte de haber conocido lugares increíbles por todo el mundo, estaba convencida de que las cataratas me encantarían, pero no esperaba sorprenderme. Me equivocaba.

La primera vista es tan espectacular que te sobrecoge. Allí estábamos, un pequeño grupo   de   desconocidos   en   silencio -al   ser   temporada   baja   había   poca   gente-­‐ disfrutando de ese regalo de la naturaleza y compartiendo un momento que, probablemente, ninguno de nosotros olvidará. Lo mejor, es que todo lo que verás a partir de ese momento será cada vez más bonito.

Si puedes, alójate en el Hotel Belmond da Cataratas, el único que hay dentro del parque. En este majestuoso edificio de estilo colonial dormirás, literalmente, a apenas doscientos metros de distancia del primer salto, en plena naturaleza.  Además del precioso jardín y de sus dos magníficos restaurantes, podrás disfrutar de un baño en la piscina o una sesión de spa después de un intenso día.

Comencé mi recorrido por el lado brasileño, visitando la parte argentina el segundo día. Decidir qué lado es más bonito es imposible -­‐e innecesario-­‐ pero, en mi opinión, el recorrido irá así, in crescendo. Moverse por el parque es muy fácil ya que está muy bien señalizado. El acceso a los miradores de los distintos saltos está dispuesto mediante pasarelas metálicas, tú decides en qué orden hacerlo. No hay prisa, relájate y disfruta.

Llegar a la parte argentina es muy sencillo, recuerda llevar contigo el pasaporte y, si te gusta la aventura, no puedes perderte la excursión en barco a primera hora de la mañana. Prepárate para despertarte, si todavía estás medio dormido, y para mojarte, porque te vas a empapar. Dos millones de litros de agua por segundo cayendo a unos metros de ti es mucho más que un subidón de adrenalina.

Hay vestuarios, por lo que te recomiendo que lleves ropa de repuesto. Una vez en tierra firme, comienza tu recorrido por cualquiera de los tres circuitos señalizados. Y no olvides un chubasquero, porque cuando te acerques, esta vez andando, a la Garganta del Diablo te volverás a mojar y, una vez más, te quedarás sin palabras.

Disfrutar durante unos días de la luz, el ruido del agua y de la variedad de especies de flora y fauna en este lugar único, convirtieron esta experiencia en un recuerdo imborrable para mí y espero, que en el primero de muchos viajes a Brasil.

Elena Canales

@en_modo_zen

 

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